La caída de Lahenor (I)

3 Feb

La tierra tembló. Tembló de horror. Del horror que acababa de llegar. Llegaron con sus armaduras plateadas y rojas como la sangre, algunos lo hicieron a pie, otros lo hicieron en caballos de guerra. Aunque llamar a esas criaturas caballos sería decir que los que conocíamos no serían más que ponis en comparación. Con seis pies hasta el pecho y ese paso tan majestuoso eran la encarnación de la idea que habría tenido Kqüa al crear a los animales.

Se detuvieron al doble de la distancia de tiro, y un pequeño comité se adelantó lo suficiente, mostrando intenciones de parlamento. Se abrieron las puertas de la ciudad y salieron los dos regentes de Lahenor con un grupo de escoltas. Ambos grupos se encontraron a mitad entre un ejército y el otro, en las murallas de Lahenor. Uno de ellos, el que parecía estar al mando, se quitó el casco, e hizo un gesto en dirección a la ciudad.

“Nif aen aru Ish-zai?” Los dos regentes miraron confusos hacia la muralla sin entender nada. “Ei? Nif aen aru Ish-zai?” Sus ojos dorados recorrían las caras de unos y de otros, buscando algún gesto que denotase entendimiento. “Al parecer no me entienden en ese idioma. ¿Ahora?”

“Sí, señor, ahora. Soy Joldric, uno de los Grandes Regentes de Lahenor  ¿quién es usted?” Dijo el Gran Regente Matemático.

“Herith. Ahora, ¿Está ahí el Ish-zai…?” Con gesto pensativo murmuró unas palabras. “Creo que la traducción sería el Asesino de Dios. ¿Está en Lahenor?”

“¿Cómo iba a estar en Lahenor alguien así? ¿Y cómo lo sabríamos?” Se adelantó Teroun, el Gran Regente Sacerdote.

“Caminantes de sombras, los reconoces nada más verlos, nada más olerlos, su presencia deja un rastro inconfundible, claro está que no es fácil verlos, ni olerlos, ni seguirles el rastro. Si me dejan entrar junto a quince de mis soldados podríamos tratar de localizarlo y así evitar una guerra.”

“¿Guerra?”

“Eso es, porque ahora mismo tu ciudad se interpone entre mi pueblo y su destino. Ish-zai debe morir, mi Rey debe ser vengado, es la única forma de que pueda acabar volviendo.”

“De acuerdo, avisaremos primero para no asustar a la población, sólo dieciséis. Ni uno más.”

“Esperaré vuestra señal.” Herith dio la vuelta a su caballo y se dirigió de vuelta a su ejército.

“Mira el lío en el que nos has metido, Heasem, si descubren la verdad…” Dijo Joldric.

“Esperemos que no lo hagan.” Dijo Heasem, el Gran Regente Oculto. “Si descubren la verdad… estamos muertos.”

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Caos en el viento.

19 Oct

Desaprovechaba la forma en que la miraba, el tiempo. Sólo sabía fluir de un modo innato, pues nadie le había enseñado a hacerlo de otra manera. Saltaba, a veces de alegría, a veces sin más. Sólo quería alcanzar la luna. Sólo. A veces reinaba el silencio en el prado, y se ocultaba entre los pocos matorrales que quedaban, asolados por la humanidad, tenía miedo de todo, aunque miedo tampoco sería la palabra. A decir verdad, ninguna palabra sería la palabra, éso era algo que nunca entendía, el por qué de intentar expresarse mediante semejantes artificios, algunos de los que conocía lo hacían, en contadas ocasiones por necesidad, pero él consideraba profano abandonar su lenguaje en pos de la utilización de la palabra. Mientras pensaba se acercó uno de la manada. 

Sangre, las espirales de humo mecidas por el viento elevándose hacia el cielo, un aullido, varios aullidos. Tres de su manada había muerto defendiendo el bosque de viento, la amenaza estaba cada vez más cerca.

En el viento ya sólo quedaban ellos dos, el resto se había ido replegando hacia las montañas, habían ido cediendo terreno poco a poco con la idea de que quizás, quizás, acabarían por cansarse de quemar, de matar, y de hacerlo sin más.

El sol comenzaba a bajar, si querían llegar a tiempo para informar deberían recorrer casi quinientos kilómetros antes del alba.

Corrieron, saltaron, vadearon ríos, pararon a cazar y a descansar algo. Al llegar a las ciénagas supieron que les quedaba poco, acababa de caer la noche, la luna brillaba roja. Como lo llevaba haciendo los últimos trescientos años. Si mal no recordaba desde que empezó la Cacería. Un pueblo antaño rodeado de magia, ahora rodeado de muerte y dolor, y odio. Más allá de la ciénaga percibían a la manada, y un sentimiento de paz le embriagaba. Miró atrás por última vez, cien años en las fronteras eran demasiados, echaría de menos el calor de la Sangre Negra en sus fauces, la lucha, el viento, la tranquilidad que brindaban los prados antes de aquel fatídico día. Comenzó a correr de nuevo y aulló, por todos sus hermanos caídos, por el fin del mundo.

Encuentro en el bosque. (I)

26 Mar

Transcurría un día como otro cualquiera en la bahía, a Reki ya se le había pasado el mosqueo por lo del enebro hace un par de semanas. Un par de semanas en las que mi única compañía fue un lobo que conocí en el bosque y, aunque sé que no me creeréis, hablaba con él.

Le llamaba Bof, nunca llegué a saber si ese era su nombre pero sospecho que no. La primera vez que me lo encontré estaba acechándome en la oscuridad de la noche, una de las que no tienen luna y en las que las criaturas huyen a la vez que se sienten protegidas, hizo crujir una rama y, al darse cuenta de que me había percatado de su presencia, se alejó sumiéndose en la penumbra.

La segunda toma de contacto se produjo a plena luz del día, junto a uno de los arroyos que discurren de las montañas al mar. Allí, quizás por casualidad o quizás intencionalmente, apareció Bof mientras yo limpiaba unos frutos que acababa de recolectar. Bebió unos tragos de agua, mi miró, gruñó algo y volvió a desaparecer. Creía que me lo había imaginado pero no, fueron las primeras palabras que me había dirigido.

Anécdota I. Aprender a distinguir.

3 Ene

Me encontraba sentado raspando rítmicamente una rama de árbol, quizás con la intención de afilarla, sinceramente, ahora mismo no lo recuerdo.  Divagaba sobre lo que había aprendido esos tres últimos meses, demasiadas cosas para una mente tan joven y tan poco educada. Diferenciar. La clave, en cuanto a herbología y química, era diferenciar. Resultaba obvio que también era importante eso de saber qué iba con qué y para qué se utiliza cada tipo de planta o elemento. Pero si no los distinguías podías pasar de intentar aliviar un leve dolor físico a morir desangrado por una gastroenteritis grave. Cosa que, de no ser por Reki, podría haberme sucedido.

– Por el amor de… -Enfurecido. Me soltó una bofetada que hizo que escupiese la hoja que acababa de empezar a masticar.- ¿Sabes qué has estado a punto de hacer?

– Era cedro, aunque no el común, ¿no? Lo quería para calmar un poco los dolores que tengo desde el golpe que me di el otro día, cuando buscaba arsípelo.

– No, no era cedro. Era una variante de una especie endémica de enebro, si la usas a las bravas puedes morir.

– ¿Qué? -Lo miraba atónito. Desconcertado.-

– Produce un efecto vasodilatador de dimensiones considerables, inmediatamente después de haber comido, con los jugos gástricos actuando en la digestión podría haberte causado molestias e incluso haberte llevado a la muerte.

En su cara reflejaba tristeza. Me miró con gestó de desaprobación y se alejó. Adentrándose en el bosque. No lo volví a ver hasta el día siguiente, pero al parecer después de su pequeña desaparición, tenía mejor humor. Creo que obrando sabiamente, decidí no preguntar.

Llegada a la Bahía de la Luna

4 Nov

En ese momento de la tarde, la playa estaba vacía, exceptuando a un pescador que, al parecer, llevaba un poco cambiados sus horarios. Nadie suele faenar con el Sol a esa altura. El hombre podría aparentar unos cincuenta años, melena plateada y barba algo descuidada.

Me parecía curioso, pero no quería ser indiscreto, así que estaba dispuesto a pasar de largo.

– Coge una caña y algo de cebo, dudo que te apetezca seguir andando mucho más.

– Cla… Claro – me sorprendió su invitación pero decidí seguirle el juego. Me intrigaba.-

Cogí una caña, algo rupestre y simple, más que una caña parecía una rama recién cortada pero bien tallada.

– Cedro – murmuré -.

– Exacto, parece que sabes de árboles. Los jóvenes ya no se interesan por esas cosas.

– Algo, sólo un poco. Siempre me fascinó leer desde que era un crío.

Permanecimos en silencio durante un largo rato. No es que fuese un silencio incómodo, si no que él tenía pinta de ser muy reflexivo, como acostumbrado a largos ratos de soledad. Yo me sentía a gusto y no quería importunarle aunque, finalmente, pregunté.

– ¿Cómo te llamas? ¿Qué haces aquí?…

– Tranquilo, Poco a poco…

– Me refiero a… Ya sé que estás pescando…

– Reki. Lo que hago aquí, a parte de pescar, es pensar, estudiar, descansar, mejorar, vivir al fin y al cabo… ¿y tú?

– ¿Cuánto tiempo llevas aquí? – pregunté algo acelerado.- Perdona, soy Zeph y vengo de… lejos…

– Zeph… Creo que ya varios años. Ve a por leña, vamos a encender una hoguera.

Me extrañó que no me preguntara nada más. Lo dejé estar, me levanté y recorrí el tramo que quedaba de playa hasta llegar al bosque.

Después de un rato volví con varios troncos y Reki había delimitado la superficie que iba a ocupar la improvisada pira colocando rocas, formando una circunferencia.

– Deja los troncos ahí. Oh… veo que únicamente has cogido ramas sueltas.

– No me gusta tomar algo de un lugar que no conozco. De esta forma la ofensa, si la hay, es mínima.

– Chico sabio.

Murmuró algo, hizo un ligero movimiento con las manos y, de repente, surgió una llama produciendo que aquello empezara a arder.

– Reki, ¿qué diablos ha sido eso?

– Trucos de un viejo.

Me miró a los ojos y observé la sonrisa más escalofriante que vería en toda mi vida.

Transición: Conexión con “La Bahía de la Luna.”

28 Oct

No sé en qué momento ocurrió, pero ocurrió.

Andábamos perdidos, cada uno por su lado. Yo no sabía que tú estabas perdida, ni siquiera sabía que estabas. Y por mucho que me duela decirlo, ni siquiera te recordaba. Así que seguía con mi camino, aquel que me había marcado para seguir al menos durante un tiempo.

Divagando, como siempre.

Vagando, como siempre. Pasaron varios días de caminos de tierra, de bosques, de charcos y de ríos y… finalmente, llegué al mar.

El primer paso en mi búsqueda, pero eso sólo lo supe después.

Para los que hayan estado por allí, por la bahía, sabrán que hay una vieja cabaña de madera que corona uno de los pequeños acantilados que han acabado formándose con el paso de los siglos. Pues en esa chabola vive, o vivió -sinceramente no sé si falleció-, Reki, un extraño personaje cuya relevancia en este relato podría llegar a eclipsar mi protagonismo…

Primer encuentro en las profundidades

15 Oct

La habitación estaba prácticamente en penumbra. El único foco de luz provenía de las llamas alimentadas con leña en la chimenea. Encima de ella, en la repisa, un casco, probablemente el más famoso de todos los tiempos. Me acerqué y lo sujeté entre mis manos.

– No deberías estar aquí – dijo una voz dulce, seria, triste, a mi espalda.-

Me giré y allí estaba de pie. Más bella aún que cómo la había visto en sueños.

– He venido a buscarte – dije mientras me acercaba a ella y le cogía las manos.-

– Lo sé – sonrió y rompió a llorar – sólo que no esperaba que vinieses. Una parte de mí deseaba que no cometieses tal estupidez…

– Entonces, ¿por qué?

– No preguntes algo que ya sabes -dijo mientras se secaba las lágrimas-.

Me quedé mirándola unos instantes, parecía tan frágil… Asentí y le dí un beso. Dulce. Suave. De repente, comenzó a saber a sal. Había empezado a llorar. Se oían unos pasos lejanos.

– Es él, ¿verdad? Ven conmigo, no tienes por qué seguir aquí con Ha…

– No pronuncies su nombre. – Me miró a los ojos dándome a entender que sí, que era él.- No puedo y lo sabes, estoy atada a él desde hace muchos años antes de que tú existieses. Desde lo de la granada.

– Pero…

– Ni lo pienses. Vete, por favor, todavía no estás preparado.

Eché a andar hacia la salida. Unos pasos más adelante me giré.

– Te quiero.

Sonríe.

– Tonto…

Crucé la puerta y dejé de verla.